LA VICTIMA DEL DUELO. 1/2
En las tierras de la sierra Oeste de Madrid, háyase un pueblo señorial donde, tal vez nunca existió el apellido Velasco, pero partamos de la idea y la suposición de que esta singular y adinerada familia, terratenientes para más señas, vivió en estas tierras. Veamos así un capítulo de sus vidas, pues se me hace una empresa imposible el resumir una vida en pocas líneas, demasiado escueto y carente de detalles para este gusto mío a la descripción y la narración que deleite al lector. Centrémonos por tanto, en esta serie de acontecimientos que se desarrollaron a lo largo de un solo día y que comenzó de una forma tan peculiar como ésta.
Aun no había amanecido, cuando el coche de caballos de los Velasco se aproximaba a las ruinas del Monasterio de Santa María, era la hora y el lugar acordado días atrás para la cita que mantenía en desvelo a los Velasco y Julián de Méndez. Un Toledano, quién pasaba largas temporadas en tierras de San Martin, para así darse el placer de yacer en camas ajenas y desconocidas, luego era ya sabido por todos lo que conocían al singular “Don Juan”, que había yacido más noches en lechos ajenos que en el propio, para vergüenza de maridos, escándalos familiares y comadreos de ventanas y esquinas de quienes envidiaban a tales adúlteras por compartir lecho con semejante galán.
Pero no divaguemos en tales costillas de Adán que quedaron desoladas en tierras de Toledo y conozcamos que lecho ha vilipendiado, que dirían todos y que lecho ha honrado con su magnífica presencia, que diría la adúltera, concretamente, la esposa del menor de los Velasco, Don Pedro.
Este pues, astado donde los haya y su hermano mayor Don Emilio, hombre recto e íntegro como pocos, bajaron de su coche de caballos una vez estuvo oculto tras los muros del Monasterio de miradas poco discretas que se dirigieran hasta allí desde el camino del pueblo, que los pudieran delatar a las autoridades, eran sabido por todos lo ilegal y arriesgado de un duelo al más estilo inglés.
- Buenos días tengan sus mercedes. Saludó Antonio quién permanecía junto a Julián Méndez, como buen padrino de duelo.
- Buenos días, saludaron los Velasco. Sintiendo a su vez, como les penetraba el frío de la mañana a pesar de los abrigos.
Segundos más tarde, para que alargar más lo inevitable pensarían los padrinos, el Señor Antonio como padrino de Don Julián, y Emilio Velasco como padrino de su hermano el astado de San Martin, reunidos en el interior del coche, concretaban los términos a cumplir en tal disparate de nobleza y hombría que se pretendía jugar tras el arrojadizo guante por parte de un borracho Pedro y el recogimiento de tan digna prenda por parte de un, no menos borracho que el anterior, Julián.
- Será a un solo disparo y dudo mucho de la agilidad de ambos duelistas, para que cualquiera de ellos sea capaz de hacer diana a través de la niebla que nos favorece con su presencia y la media carga de pólvora que dispensemos días atrás. Afirmó Don Emilio, mientras rompía el seño de cera que ambos padrinos colocaron sobre la cerradura de la caja de armas una vez cargadas y preparadas.
- Tampoco yo creo sea mortífera la pólvora a usar por las armas, lo más podrá provocar alguna que otra tos una vez disparen. Apuntilló Antonio, mientras su mano no cesaba de acariciar su mentón.
- Entonces no dilatemos más los acontecimientos y vayamos a ellos. Dijo Don Emilio de Velasco, quién no, menos despreciaba el peso insólito de las armas que sostenía en ambas manos.
Reuniéndose con el portador de la ofendida cornamenta y el autor de tal coronación involuntaria e insatisfactoria, claro está de quién la llevaba, pues la esposa de Pedro, no fue involuntariamente al lecho de Julián, ya que se cuidó mucho de hacerlo antes de que fuesen otras de la redonda quién pudieran presumir de la conquista de aquella cama, ni mucho menos salió insatisfecha de ella. Más que merecida era la fama de “Don Juan” que precedía a aquel Toledano, pero no dejemos caer en el olvido los apuntes a sus formas y hechos, causantes sin duda de la avidez fémina por volver a calentar las sabanas del apuesto Don Julián.
Sostenidas las armas y empuñadas por sus duelistas, escucharon silenciosos el ligero azote del viento que peinaba, casi como si de una caricia se tratase, el verde que se extendía alrededor del Monasterio. Virtuoso e inquebrantable, mientras albergó vida entre sus muros, observaba ahora impasible aquel acto, que si bien no le costase la vida a ninguno de ellos, luego fue así arreglado por Don Emilio y Don Antonio, bien podían dar con sus huesos en algún calabozo, si los descubriesen en tal empresa.
La niebla, impertérrita fisgona, negándose con ímpetu a desvanecer su opacidad esa mañana, obligaba al concurrente a esforzarse en demasía para alcanzar la poca satisfacción de percibir, más que de observar, la majestuosidad arquitectónica de aquel lugar, ni tan siquiera los más osados e insolentes rayos de sol, fueron capaces de vencer la bruma.
Impregnados ya de la solemnidad del momento y sin querer dar tregua a la niebla que podía abandonar el lugar, paso a describir lo que allí ocurrió, que no fue otra la aventura de un duelo, por el aparente honor de una mujer que se bastaba sola para mancillar tal virtud, el desapego por la vida de un borracho por afición llamado Pedro y el infortunio de estar en la misma cantina e idéntico estado de embriaguez que el anterior y aceptar el desafío de un tal Julián, amante lujurioso de profesión y entiéndase por profesión, aquello que ocupa más horas a lo largo de las 24 en las que se distribuye el día.
Reunidos Don Emilio con los duelistas, al resguardo de la brisa tras los muros del Monasterio, relató sin preámbulos administrativos, ni supositorios de hermandad y amor, cuáles y diversas eran las normas del duelo que se estaba por celebrar.
- El lance será, sin que ninguno de ustedes ponga en duda las razones de los padrinos que así lo han decidido, a primera sangre, así pues, si se consideran persona de honor y por tanto caballeros, ninguno de ustedes disparará a matar. Y tras clavar su mirada en ambos hombres, añadió: - Los pasos fijados han sido veinte.



















lavidabella dijo
CHICA BUEN RELATO,
QUE EPOCA NO, Y PENSAR QUE MUCHOS DE LOS DUELOS NO TENIAN NINGUN MOTIVO REAL
BESOS
2 Mayo 2010 | 11:54 PM